Wednesday, August 09, 2017

The thief of Bagdad (1940)

Seguramente ese tecnicolor "mágico" al que se refieren en la cartulina es el que causan los efectos especiales cuando se ven las pegazones entre las figuras y la parte de atrás. Si no me creen, chequen cuando salga el gigante, o cuando Abú intenta robar el ojo mágico de la estatua de piedra.

El ladrón de Bagdad se llama Abú (Sabú) y su historia se entrelaza con la del príncipe Ahmed, cuando éste deambula por las calles acusado de loco, después de que le fuera robado su trono por el malvado Jaffar, quien solamente deseaba el poder para poder (valga la redundancia) conquistar a la princesa sin nombre, hija del coleccionista de juguetes, que en su obsesión, la intercambia por un pegaso mecánico.

Ahmen y Abú son enviados a las mazmorras, uno por ladrón y el otro por loco, pues jura ser el príncipe y no aparenta ser más que un mendigo. Abú, que es más largo que la cuaresma, lo invita a escapar y así es que llegan a conocer a la princesa, pero cuando Jaffar se entera, con su magia tecnicolor, hace que Ahmed quede ciego y convierte a Abú en su perro guía.

Con lo que Jaffar no contaba es que la princesa ya se había enamorado de Ahmed y aunque ahora estaba en su poder, dormía y solamente un beso de amor podía despertarla, por lo que el malvado mago trae al ciego con el fin de que ella despierte y después volver a deshacerse de él, pero definitivamente! 

Pero con Abú ahí, las cosas se le complicarán bastante a Jaffar, quien luchará hasta con los dientes por quedarse con la princesa que no lo ama, pero que podría rendirse en sus brazos con tal y que él deje en paz a Ahmed. Ese sería su sacrificio!

Una y mil aventuras vivirán todos, incluyendo a Jaffar, hasta que por fin reciba su merecido!

Gracias a Don Eduardo del Río, Rius, me enteré de muchas cosas que no habría sabido si no hubiera sido por sus revistas de monitos. Hasta la fecha conservo dos, la de la filatelia y la vida de cuadritos, donde habla de las historietas. Aunque los "Supermachos" y los "Agachados" no eran de mis favoritos porque sus monos nunca me gustaron (como tampoco me gustaba Borola), las que explicaban temas concretos e interesantes eran las primeras que buscaba. Gracias a él aprendí que las estampillas se recortaban de los sobres y se despegaban colocándolas en agua fría y después se dejaban secar con la goma hacia arriba. Ese libro me sirvió muchísimo de referencia pues llegué a coleccionar estampillas de todo el mundo de la manera adecuada y menos perjudicial para los timbres.

Rius dejó de existir ayer, pero su aportación, como seguramente muchos lo recordaremos, permanecerá con nosotros para siempre. Descanse en paz.