Monday, October 12, 2015

The death kiss (1932)

Decía Agata Christie que todos los misterios empiezan con preguntarse qué hace una cosa fuera de donde debería estar.

En mi casa eso no dice nada, porque nada está donde debería estar, pero aquí, cuando en los estudios de cine el actor principal muere de un balazo y todos lo dan por accidente, el guionista encuentra que la bala incrustada en la pared no es del calibre de las armas utilizadas en la escena. Y ahí empiezan sus averiguaciones...

¿Quién lo haría?
¿Quién podría haberlo hecho?
¿Quién querría hacerlo?

El asesino, en su afán de inclupar a terceros y hasta a cuartos, utiliza ácido electrolítico para envenenar a un alcohólico, ácido que extrajo de la batería del coche de la actriz, para que si dudan de una coartada, exista otra como resguardo.

El atrecista, o utilero, jura y perjura que él cuidó esos detalles pero la evidencia muestra que alguien sustituyó una de las armas de calibre 38 por otra distinta.

Una curiosidad aquí es que en los años 30s, quienes no compraban la barra de hielo directamente y la metían a sus refrigeradores, tenían servicio de entrega a domicilio, pues sus refrigeradorcitos se abrían también desde la calle, el hielero les dejaba su trozo de hielo y volvía a cerrar. Andale, como si fuera un buzón. Pero qué inseguridad, porque cualquier mañoso podría abrirlo y no sólo robarte lo que tuvieras ahí, sino dejar otras cosas, como por ejemplo el vodka adulterado como le pasó a este viejito y se murió. Y que bueno que era zurdo, si no, jamás habrían dado con su asesino...