Wednesday, February 25, 2015

The book of Daniel (2013)

De todas las historias de la Biblia, la de Daniel en el foso de los leones era mi preferida. 

Mientras en México los olmecas movían gigantescas piedras de basalto para realizar sus esculturas, Jerusalén era arrasada por Nabucodonosor, llevándose con él a Babilonia no sólo cuantiosos tesoros, sino cautivos a algunos de sus habitantes. 

Entre ellos estaban Daniel y sus tres amigos Sadrac, Menac y Abednego, quienes adoraban a Jehová y no se sujetaron a las costumbres babilónicas, pues según la profecía, debían permanecer allí durante 70 años. 

Un día el rey Nabucodonosor tuvo un sueño, pero cansado de su séquito de astrólogos y adivinadores que nunca daban en el clavo, en esta ocasión decretó que no sólo debían interpretar el sueño, sino adivinarlo primero!
Por supuesto que nadie podría, y eso significaría que serían decapitados al amanecer. Para que nadie perdiera la cabeza, Daniel se ofreció a decifrarlo después de consultarlo con su dios y grande fue la sorpresa cuando se lo contó como si él mismo lo hubiera soñado y después le dijo su significado. Era referente a una estatua que sería derrocada.

Como saberlo lo dejó muy contrariado (y además la profecía del sueño tenía que cumplirse), mandó hacerse una estatua para obligar a todo mundo a adorarla. Cuando los tres amigos de Daniel se negaron a hacerlo fueron lanzados a un horno que ardía 7 veces más de lo normal, de donde los muchachos salieron sin daño alguno, gracias a Dios.

Como Nabu continuó en su arrogancia, fue a dar al monte como bestia salvaje hasta que aceptara a Dios todopoderoso en su corazón. Durante 7 años anduvo en cuatro patas y el día en que alzó su vista al cielo y dijo, Dios, creo en tí, le fue levantado el castigo y volvió a reinar.

En las profecías Daniel sabía que durante su vida vería a cuatro reyes y este era uno de ellos. El siguiente, Belsazar, descendiente de Nabucodonosor, fue un rey tonto, que reinó hasta que el dedo de Dios escribió en la pared: Mene mene tekhel upharsin, que según las propias palabras de Daniel significaba ''Tus días están contados porque has sido declarado culpable y tu reinado termina hoy''. Belsazar cumplió su promesa de vestirlo en color púrpura y obsequilarle un collar de oro a cambio de su traducción y fue así que lo encontró Darío, el tercer rey, quien después de asesinar a Belsazar, le dió un cargo muy importante en su corte. Esa nueva responsabilidad le creó a Daniel problemas con los demás, que envidiosos, urdieron un plan para acabar con él y metieron cizaña con el rey para que lo echara al foso de los leones. Pero Daniel oró a su Dios y éste cerró las fauces de las bestias. Al día siguiente, cuando el rey descubrió que Daniel había sobrevivido y que lo habían engañado, echó al foso a los tramposos y ahora sí que los leones se dieron un festín.

El último de los cuatro reyes de la profecía fue Ciro, pariente de Darío, y encargado de la construcción del templo a Johová en Jerusalén, algo que Daniel ya no vió, pero que llenó de regocijo.