Wednesday, October 22, 2014

Un día con el diablo (1945)

Un día con el diablo resultaron ser los últimos cinco minutos de la película.

Yo lo esperé y lo esperé y me desesperé. La historia del asesino que por no pagar por su crimen decide enrolarse en el ejército por dos años pero a los seis meses se arrepiente y a pesar de haber dado un nombre falso (no le exigieron ninguna identificación) debe endilgarle el uniforme a alguien más para que esa persona fuera considerada un desertor no tiene mucho de donde agarrar.
Cantinflas, ahora sí en personaje con atuendo y todo, es un periodista, o sea, que vende periódico en las esquinas, y después de una noche de copas con Oscar Pulido es atacado y despojado de su atuendo para que al día siguiente despierte vestido de soldado.

Rápidamente la policía lo apresa y aunque Cantinflas jura y perjura que él no es Juan Pérez, nadie le cree. Aquí yo creo que él pudo haberlo demostrado no sólo con Oscar Pulido, quien había estado bebiendo con él la noche anterior, sino con sus jefes del periódico, que tenían que saber a quien habían contratado como vocero y lógicamente, no se llamaba Juan Pérez.

En fin, el caso es que Cantinflas va a dar al ejército, donde pasan las cosas más divertidas de toda la película, pero que juntas no llegan ni a media hora, y que después de todo el lío de la guerra con los chinos y la ida al cielo y al infierno, resulta ser solamente un sueño que duró toda la película. ¡Qué chasco!

Yo habría preferido que toda la película fuera de Cantinflas en el ejército, pero eso fue sólo un ardid.